jueves, 28 de febrero de 2013

Gestoría Cultural


1 comentario:


  1. Lo que más recuerdo de Ticomán eran los días de cuaresma, cuando el olor a pan de queso y tamales de ceniza comenzaban a emanar de todas las casas. Que decir de la miel de maguey con la que mamá bañaba las sabrosas pero engordadoras torrejas. Eran los días en que el ganado y las aves de corral hacían su fiesta, pues durante cuarenta días la muerte los dejaría en paz. Todo el pueblo se cubría de un silencio espeso, incluso a los niños se nos tenía prohibido organizar juegos donde el despapalle y la algarabía fueran los protagonistas. Uno prefería quedarse en casa y conformarse con jugar por las tardes un partido de damas chinas o escuchar cuando la abuela después del rosario era la encargada de narrar las historias en las que nuestro señor había muerto por nuestros pecados y era cuando yo me cuestionaba ¿nuestros? Si yo ni siquiera había nacido cuando él llegó a este mundo. Tal vez fue mi primer cuestionamiento de muchos que durante la adolescencia me causarían conflictos con mi madre.

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